Mis Viajes

Sudáfrica y Botsuana

Fue un viaje que me sacó de mi zona de confort. Un entorno nuevo con muchas incógnitas. Nuevos caballos. En el formulario de inscripción se indicaba explícitamente: reservado para jinetes muy experimentados. Sabía que al llegar, tendría que pasar una prueba. A pesar de mi nivel, tenía un poco de aprensión. Nuestro grupo estaba formado por jinetes muy experimentados y todos pasaron la prueba.

Luego, nos sumergimos por completo en la naturaleza de África, en busca de la fauna salvaje. Es importante saber que puede haber encuentros peligrosos con leones y elefantes. Los humanos han cazado animales a caballo durante mucho tiempo. Los elefantes consideran peligrosa la aproximación de un hombre a pie o a caballo y desconfían. Nuestro encuentro con una manada de al menos 50 individuos fue muy impresionante y tenso al final cuando una de las hembras no apreció nuestra aproximación y tuvimos que retirarnos rápidamente. Un elefante que embiste alcanza la misma velocidad que un caballo al galope. No corrimos el riesgo de saber quién ganaría la carrera. En cualquier momento, debíamos estar listos para actuar.

El encuentro con manadas de cebras y antílopes, y galopar entre ellos, fue una experiencia inolvidable. No ser espectadores, sino ser parte del escenario. Los gritos en la noche de las hienas que se acercaban a los caballos. África exigía una vigilancia constante.

Son fotos que hice yo desde la espalda de mi caballo :

Mis Viajes

Namibia

Después de mi viaje a Sudáfrica y Botsuana, me inscribí en un desafío diferente: cruzar el desierto de Namibia, 400 km en 9 días. Éramos un pequeño equipo de 7 mujeres de diversos orígenes y múltiples nacionalidades, pero todas éramos jinetes experimentadas. Los caballos eran auténticos atletas. Nos los presentaron en el segundo día de nuestra llegada, el día antes de nuestra partida. El mío se llamaba "Red Nugget", un caballo pequeño y delgado. Recuerdo preguntarme cómo me llevaría a través de esos 400 km.

Nos acompañaba nuestro guía y 4 caballos que nos seguían libremente. Esto nos permitía cambiar de caballo si alguno resultaba herido o cansado. Un gran camión nos seguía y nos proporcionaba agua cuando era necesario y comida durante los bivouacs al aire libre. Sin lujos. Al llegar al bivouac, cada una cuidaba primero de su caballo antes de hidratarse y comer.

Con el tiempo, las largas horas en el desierto dieron lugar a un vínculo profundo con nuestros caballos, conocido como "bonding". El sentimiento de ser un equipo se fortalecía cada día. Nosotras, las jinetes, ya no necesitábamos hablar entre nosotras durante el día. Cruzábamos vastos espacios desérticos, cada una con su caballo. Era una sensación extraña saber que ese animal también te sentía.

El día de nuestra llegada al otro lado del desierto, galopando en la espuma del Pacífico, fue un momento muy emotivo. Una alegría por haber superado el desafío y un gran pesar porque había terminado y tuvimos que decir adiós a nuestro binomio equino. Ese diálogo silencioso, esa sensación, la encuentro hoy en día porque sé lo que busco en mi comunicación.

Mis Viajes

Egípto

Siendo una joven estudiante, mis estudios me llevaron a vivir un año en El Cairo. Muy pronto al comienzo de mi año, establecí amistades con familias beduinas que vivían en uno de los pueblos cerca de las Pirámides. Ellos formaban parte de quienes organizaban todas las actividades ecuestres en la zona.

Los ayudaba y acompañaba a grupos de turistas a caballo. Pasaba mis días y noches con ellos y sus familias. En ese momento, era joven y sin experiencia. Me encontré en un mundo de extremos:

Mi amigo Nasser tenia su yegua favorita mimada y consentida, que dormía en la habitación trasera de su casa mientras los 8 niños compartían la única otra habitación y los padres estaban en la sala. La yegua era el orgullo de la familia. 
Gracias a la intervención de Nasser yo acabé comprando a "ElAir", una yegua árabe cruzada que estaba dañada y desconfiada de los humanos.
Fue acogida en su establo y bien cuidada.

A veces me cruzaba con criadores de caballos pura sangre árabe, con sus prestigiosas líneas de sangre, que hacían desfilar a sus magníficos sementales en el desierto. Ni siquiera éramos dignos de una mirada.

Y los caballos que participaban en las grandes carreras de resistencia. Aún más lejos de nuestro alcance, en establos prestigiosos. Muchos años después, tuve la oportunidad de regresar al pueblo acompañada de mis hijos. Mi hijo mayor y yo montamos dos árabes, campeones de resistencia. Nunca un galope pareció más un vuelo en el cielo.

Y al lado de eso, estos caballos de trabajo que veíamos todos los días en el desierto: a veces enfermos, cojos o heridos, no importaba, día tras día, llevaban a los turistas en sus espaldas a través de la arena ardiente. Perseguidos por jóvenes beduinos con sus gritos y latigazos.

Pude presenciar fiestas privadas donde presentaban a sus caballos bailando, pinchados en los flancos con sangre por estribos puntiagudos, todo al ritmo de una música hipnotizante de la orquesta en la esquina de la tienda. Tanto los caballos como sus jinetes parecían estar en trance.

Un mundo de contrastes. El caballo divino y el caballo esclavo. 

"ElAir" formaba parte de este último antes de que la comprara. Estaba dañada. El alma y el cuerpo. No podía montarla con una silla de montar. Su espalda tenía grandes heridas. El bocado que tenía era horriblemente duro, y en mi ingenuidad, había traído un bocado de oliva de Europa. La monte asi y literalmente se elevó en el desierto conmigo a cuestas.

Ese día gané el respeto de todos los beduinos. No caí y logré llevarla de vuelta a la calma en el pueblo. Pero entendí que se necesitaba una reeducación completa para evitar que me llevaran de nuevo.

Las fotos son del principio, con el equipo habitual de allí. Con el tiempo, hicimos nuestro camino, sin fuerza, sin violencia, sin bocado duro y sin filete de cadena. 
"ElAir" murió de cólicos africanos tres semanas antes de mi partida. 
Hoy en día, a menudo pienso en todo lo que vi allí. Un mundo de contrastes. Lo bueno y lo malo, y mi año en Egipto sin duda sentó las bases de mis investigaciones sobre la comunicación y la ligereza en la equitación.


Soy yo montando mi caballo "ElAir" al frente de la Pirámide de Kefrén.

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